
-Me ha llamado Carla.
- ¿Y ahora qué quiere?- espetó mi madre sin pensarlo, tenía aquella edad en que podía decir lo que quisiera por que sabía que no se lo tendríamos en cuenta.
-¡Ay! mamá, es que eres... ¿qué va a querer?- le dije yo sin pensar en la intencionalidad de sus palabras- Quiere que nos veamos, que cenemos juntas y hablemos de nosotras. A mi me hace falta de vez en cuando ver a las amigas de la infancia y charlar con ellas.
-Esa quiere algo, si no no te hubiese llamado.
Giré la cabeza y pensé que cada día estaba peor, se imaginaba cosas donde no las había, veía malicia y interés por todos lados. Pero, pensándolo bien, toda su vida había sido así. Y no debía tomarme a mal sus palabras, la quería demasiado. Siempre consiguió que le tuviese un respeto casi temeroso, recuerdo cuando era pequeña que una sola mirada suya bastaba para que se me fuese de la cabeza cualquier travesura. También consiguió que nunca pudiese mentirle, cosa que me había costado más de un disgusto.
Pasé la tarde con ella, me repetía que echaba de menos a mi padre, y yo reía para mis adentros recordando las peleas tan triviales que tenían, regañaban por cualquier cosa, y no podían estar el uno sin el otro. Toda una vida juntos tenía ese riesgo y más.
Tras tragarme con ella El Diario de Patricia le dije que tenía que irme, en casa me esperaban y debía preparar la cena. Otro de mi exceso de celo, me pensaba que si yo no preparaba la comida, iba a comprar y limpiaba y fregaba, nadie sería capaz de hacerlo. En casa, tenían otras prioridades y las mías siempre se iban a la cola. No aprendería nunca.
Nos sentamos ante el plato de verdura, Pep y yo, Joel, nuestro hijo, vendría más tarde a cenar, cuando saliera de la facultad y pasara a saludar a sus amigos por el bar El Recó. tenía una edad preciosa, en la que descubres el mundo y este no deja de sorprenderte. También es esa edad en que se dice lo que se piensa y te importa poco lo que los demás piensen. Mientras mirábamos las noticias, observé a Pep y le hice partícipe de mis inquietudes.
-Esta tarde me ha llamado Carla.
Se hizo el silencio, creo que hasta la televisión calló porque no pude escuchar nada mientras le miraba como cambiaba la cara. Siempre me hacía lo mismo, se callaba un largo rato antes de soltarme algo que sabía que no me gustaría.
-¿Y ahora qué quiere?- me dijo con aquel tono burleta.
Solté el tenedor airada, ¿por qué todo el mundo se empeñaba en lo mismo? Carla y yo éramos amigas de la infancia, vivíamos en la misma calle y muchas tardes las pasábamos juntas en casa o con nuestros amigos, un grupito con el que nos reíamos mucho. Es una época de mi vida que jamás olvidaré.
- ¿Y qué tengo yo que ofrecerle para que ella quiera algo de mi?
- A lo mejor quiere limpiar su conciencia- dijo sin dejar de mirar la pantalla.
- No digas tonterías.
- Sabes que siempre ha hecho lo mismo, ha aparecido en tu vida cuando le ha dado la gana y ha desaparecido de la misma manera. Es inestable, como una niña que no ha crecido y se acuerda de ti cuando tiene esos brotes de nostalgia de la infancia. A los pocos días se le pasa y te deja tirada como una colilla. Cuando conoce nuevas amistades ya no piensa ni un minuto en la querida amiga de la infancia.
- Pep, no te pases.
-Piensa más bien qué puede ofrecerte ella a ti, lo suyo no ha sido nunca una amistad sincera. Nunca ha confiado en ti y te dice solo lo que le interesa en cada momento...
- Ya basta- me levanté iracunda sin pensar en aguantar un minuto más aquella cháchara. Pep calló y continuó cenando mientras yo me iba a poner el lavavajillas con lo que había utilizado para preparar la cena. Cuando llegó Joel, enseguida se dio cuenta de que había habido una pequeña discusión familiar. Me dio un beso y casi al oído me susurró:
-¿Qué pasa?
-Nada, que tu padre siempre tiene que decir la suya. Esta tarde me ha llamado Carla.
-¿Y se puede saber que demonios quiere ahora?
-¿Que va a querer hijo?
- A lo mejor dinero, no será la primera vez.
El camarero nos trajo la cena, algo frugal, una ensalada y algo de pescado, a mi no me sentaba muy bien atiborrarme por la noche y Carla cuidaba su figura al máximo. Fue entonces cuando nos enfrascamos en rememorar el pasado, las tardes en que caminábamos por la ciudad hablando y hablando sin parar, imaginando toda clase de futuros, seríamos mujeres independientes, nos casaríamos tarde, cuando nuestro fabuloso trabajo nos lo permitiera y no tendríamos que rendirle cuentas a nadie. Eso con 14 años, es muy probable que solo se quede en sueños, entonces nos pusimos melancólicas, la vida nos había llevado por otros lugares, casadas con hijos y sin trabajo, yo con una invalidez parcial y ella en el paro. Sin embargo recordar las noches de charla hasta las tantas, las risas y todo lo demás nos hacía felices, por unos instantes. Recordé que yo quería ser escritora de mayor, escritora, vaya disparate.
A los postres ya nos habíamos dicho casi todo, quedaríamos otro día para pasarlo untas e ir de compras. El café ardía, y yo soplaba para enfriarlo. Carla se tomaba una manzanilla y me miró con aquella mirada que tantas veces recordaba,
-Que te iba a decir, quería pedirte un favor...
(c)CHARO BOLIVAR 2009




