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dissabte, 16 / maig / 2009

AMIGAS PARA SIEMPRE

NOTA: Solucionados los problemas técnicos.




Estaba en el atasco camino de casa de mi madre. No dejaba de pensar en todo lo que me ocurría y estaba feliz, y siempre que me encontraba feliz tenía ganas de compartirlo con todo el mundo. La visitaba siempre que podía, desde que se había quedado sola y se negaba a compartir su vida con alguno de sus hijos, ella siempre había sido independiente y decía que molestaba; por eso estaba mejor en casa. Cuando llegué me abrió la puerta con su sonrisa y su alegría, sabía que pasaríamos la tarde juntas y que podríamos hablar de muchas cosas. Casi no pude evitar decirle que había recibido aquella llamada antes de salir de casa, me lo vio en la cara.

-Me ha llamado Carla.

- ¿Y ahora qué quiere?- espetó mi madre sin pensarlo, tenía aquella edad en que podía decir lo que quisiera por que sabía que no se lo tendríamos en cuenta.

-¡Ay! mamá, es que eres... ¿qué va a querer?- le dije yo sin pensar en la intencionalidad de sus palabras- Quiere que nos veamos, que cenemos juntas y hablemos de nosotras. A mi me hace falta de vez en cuando ver a las amigas de la infancia y charlar con ellas.

-Esa quiere algo, si no no te hubiese llamado.

Giré la cabeza y pensé que cada día estaba peor, se imaginaba cosas donde no las había, veía malicia y interés por todos lados. Pero, pensándolo bien, toda su vida había sido así. Y no debía tomarme a mal sus palabras, la quería demasiado. Siempre consiguió que le tuviese un respeto casi temeroso, recuerdo cuando era pequeña que una sola mirada suya bastaba para que se me fuese de la cabeza cualquier travesura. También consiguió que nunca pudiese mentirle, cosa que me había costado más de un disgusto.

Pasé la tarde con ella, me repetía que echaba de menos a mi padre, y yo reía para mis adentros recordando las peleas tan triviales que tenían, regañaban por cualquier cosa, y no podían estar el uno sin el otro. Toda una vida juntos tenía ese riesgo y más.

Tras tragarme con ella
El Diario de Patricia le dije que tenía que irme, en casa me esperaban y debía preparar la cena. Otro de mi exceso de celo, me pensaba que si yo no preparaba la comida, iba a comprar y limpiaba y fregaba, nadie sería capaz de hacerlo. En casa, tenían otras prioridades y las mías siempre se iban a la cola. No aprendería nunca.

Nos sentamos ante el plato de verdura, Pep y yo, Joel, nuestro hijo, vendría más tarde a cenar, cuando saliera de la facultad y pasara a saludar a sus amigos por el bar
El Recó. tenía una edad preciosa, en la que descubres el mundo y este no deja de sorprenderte. También es esa edad en que se dice lo que se piensa y te importa poco lo que los demás piensen. Mientras mirábamos las noticias, observé a Pep y le hice partícipe de mis inquietudes.

-Esta tarde me ha llamado Carla.

Se hizo el silencio, creo que hasta la televisión calló porque no pude escuchar nada mientras le miraba como cambiaba la cara. Siempre me hacía lo mismo, se callaba un largo rato antes de soltarme algo que sabía que no me gustaría.

-¿Y ahora qué quiere?- me dijo con aquel tono burleta.

Solté el tenedor airada, ¿por qué todo el mundo se empeñaba en lo mismo? Carla y yo éramos amigas de la infancia, vivíamos en la misma calle y muchas tardes las pasábamos juntas en casa o con nuestros amigos, un grupito con el que nos reíamos mucho. Es una época de mi vida que jamás olvidaré.

- ¿Y qué tengo yo que ofrecerle para que ella quiera algo de mi?

- A lo mejor quiere limpiar su conciencia- dijo sin dejar de mirar la pantalla.

- No digas tonterías.

- Sabes que siempre ha hecho lo mismo, ha aparecido en tu vida cuando le ha dado la gana y ha desaparecido de la misma manera. Es inestable, como una niña que no ha crecido y se acuerda de ti cuando tiene esos brotes de nostalgia de la infancia. A los pocos días se le pasa y te deja tirada como una colilla. Cuando conoce nuevas amistades ya no piensa ni un minuto en la querida amiga de la infancia.

- Pep, no te pases.

-Piensa más bien qué puede ofrecerte ella a ti, lo suyo no ha sido nunca una amistad sincera. Nunca ha confiado en ti y te dice solo lo que le interesa en cada momento...

- Ya basta- me levanté iracunda sin pensar en aguantar un minuto más aquella cháchara. Pep calló y continuó cenando mientras yo me iba a poner el lavavajillas con lo que había utilizado para preparar la cena. Cuando llegó Joel, enseguida se dio cuenta de que había habido una pequeña discusión familiar. Me dio un beso y casi al oído me susurró:

-¿Qué pasa?

-Nada, que tu padre siempre tiene que decir la suya. Esta tarde me ha llamado Carla.

-¿Y se puede saber que demonios quiere ahora?

-¿Que va a querer hijo?

- A lo mejor dinero, no será la primera vez.

***************

Había quedado con Carla en un restaurante al que ya habíamos ido en más de una ocasión. Cuando llegó pude ver que estaba guapísima, como siempre. Carla había cuidado siempre su físico, se peinaba, se pintaba y usaba cremas para estar joven y guapa. Yo a su lado no lucía, como siempre. Y es que a mi me gustaba ponerme un pantalón tejano y una camisa, así me sentía cómoda. Nos dimos dos besos y nos preguntamos por la familia. Las dos estábamos felizmente casadas, teníamos unos hijos preciosos y vivíamos, más o menos, como queríamos.

El camarero nos trajo la cena, algo frugal, una ensalada y algo de pescado, a mi no me sentaba muy bien atiborrarme por la noche y Carla cuidaba su figura al máximo. Fue entonces cuando nos enfrascamos en rememorar el pasado, las tardes en que caminábamos por la ciudad hablando y hablando sin parar, imaginando toda clase de futuros, seríamos mujeres independientes, nos casaríamos tarde, cuando nuestro fabuloso trabajo nos lo permitiera y no tendríamos que rendirle cuentas a nadie. Eso con 14 años, es muy probable que solo se quede en sueños, entonces nos pusimos melancólicas, la vida nos había llevado por otros lugares, casadas con hijos y sin trabajo, yo con una invalidez parcial y ella en el paro. Sin embargo recordar las noches de charla hasta las tantas, las risas y todo lo demás nos hacía felices, por unos instantes. Recordé que yo quería ser escritora de mayor, escritora, vaya disparate.

A los postres ya nos habíamos dicho casi todo, quedaríamos otro día para pasarlo untas e ir de compras. El café ardía, y yo soplaba para enfriarlo. Carla se tomaba una manzanilla y me miró con aquella mirada que tantas veces recordaba,

-Que te iba a decir, quería pedirte un favor...


FIN

(c)CHARO BOLIVAR 2009







dimecres, 10 / desembre / 2008

EL ESCRITOR

El Escritor había leído de todo en su vida, desde aquella literatura pagana a la religiosa, aquella que revolvía las tripas y aquella dulzona que hacía vomitar; libros rojos, amarillos, verdes, prohibidos y por prohibir. Desde esa perspectiva, el Escritor había elaborado un pensamiento en el que se sentía capaz de juzgar, critica o alabar todo aquello que concernía a una sociedad que iba envejeciendo de una manera anodina.

Y un buen día, el Escritor se decidió a escribir. Primero recordó su infancia, y escribió sobre como su padre le daba palizas porque venía borracho después de trabajar todo el día en la fábrica, de cómo su madre aguantaba sin quejarse cualquier contratiempo que la vida le ponía por delante, de sus hermanos muertos y de los vivos, de las calles en las que vivía todo el día y donde aprendía que la vida era sobrevivir y que solo sobrevivían los más fuertes. Envió sus manuscritos a todas las editoriales infantiles del país y se la devolvieron dando una mala excusa; los niños no podían leer esas atrocidades. A los niños no se les podía hablar de padres que decían mentiras, de madres que nunca se rebelaban, de guerra, hambre, muerte o miseria. A los niños había que educarlos en un sinsentido en el que solo existían los cuentos de hadas y unos padres y maestros bondadosos que velaban por ellos. El Escritor se dio cuenta de que nunca había sido niño.

Cuando recordó su adolescencia, empezó a escribir sobre luchas en la universidad, sobre manifestaciones contra el Estado y la Iglesia, persecuciones de policías que mataban a gente en comisarias a fuerza de tortura, gente que callaba lo que no se podía gritar. Y sus libros le fueron devueltos por reaccionarios, no se podía arremeter contra el Estado, porque el Estado somos todos, la Iglesia velaba por la bondad porque basaba sus teorías en los sacramentes de Jesuscristo, la policía se encargaba de velar por el orden y era mejor olvidar todo lo que había ocurrido porque remover el pasado podía traer confrontaciones innecesarias. Y entonces empezó a preguntarse dónde había quedado su adolescencia.

El Escritor iba haciéndose mayor, y entonces decidió escribir sobre la gente de su entorno. Los que se resignaban, los que firmaban su hipoteca de por vida y se ataban a unos pagos que le privaban de vivir, los amigos del alma que siempre estarían al lado de sus amigos del alma y que un buen día, por hache o por be, se daban de lado, los que no podían pagar los plazos de la tele, del coche o del ultimo viaje a Galicia. Consiguió que una pequeña editorial de una pequeño barrio le publicara un libro que sus amigos compraron con ansiedad y quisieron tener una dedicatoria de aquel famoso escritor que por fin había publicado un libro. Pero entonces, uno a uno, sus amigos dejaron de hablarle, porque se sentían identificados con alguno de aquellos míseros personajes que vivían para enriquecer las arcas de bancos y empresas privadas. El Escritor empezó a dudar si alguna vez había tenido amigos.

Y el Escritor dejó de escribir, de mostrar lo que pensaba porque durante el transcurso de su vida se había dado cuenta de que a nadie le importaba lo que él pensaba. Y francamente, aprendió que a él le importaba una mierda lo que pensara el resto de la gente.


dijous, 26 / juliol / 2007

EL SUEÑO DE HOMERO - TERCERA PARTE (y última)


La negra noche lo invadió todo, el ciego se había dormido envuelto en su manto y el hombre se levantó del suelo echando una mirada compasiva sobre el durmiente, decidió que era hora de marcharse. Lo que había venido a buscar no estaba allí, ya no existía, decían las malas lenguas que la reina Polyxo de Rodas, mandó ahogarla y colgarla después de una horca. La vida, había dejado de tener sentido y ahora solo quedaba trascurrir, deshacer el camino y volver allá donde le aguardaba un hogar seguro.

Salió al exterior de la muralla, asegurada por los invasores y como, decía la historia, inescrutable. Aún conservaba esa majestuosidad, sin que quedaran restos de toda la sangre vertida. Había dejado de llover, y el viajero lo agradeció. Se situó ante la puerta escita y giró a su alrededor, observando por última vez la ciudad que reinó sobre muchos en un pasado. Le llamó la atención la antorcha encendida, dando luz a los viajeros o como si esperase a alguien.

En un momento miles de pensamientos le asaltaron, cientos de imágenes mezcladas entre lanzas y espadas de guerreros. Fuego por todos sitios y él ayudando a su padre y a su hijo a caminar, llevándoles a través de subterráneos del palacio hacia una salida oculta. Huyendo como un cobarde, mientras sus hermanos, su mujer, su familia moría entre gritos de angustia. El recuerdo le golpeó tan duramente que tuvo que apoyarse en el muro para conseguir mantenerse en pie. Más abajo el mar, se rompía en miles de partículas de espuma en una playa que no recordaba. Pero, mientras observaba su alrededor, los ojos se le encendieron, apretó el paso hacia la puerta que le había permitido entrar en la ciudad. Pronto sus pasos eran carrera, subió toda la gran avenida hacia el palacio, sin percatarse de las piedras desplomadas a su paso. Arriba, poco quedaba ya del templo de Apolo, ni de los edificios públicos en que los ciudadanos iban a divertirse. Sólo un torreón permanecía intacto. Trepó rápidamente la escalera que le separaba de la parte superior, tropezando y levantándose como un chiquillo. Jadeaba, pero solo se detuvo a descansar ante una cortina que se balanceaba con la brisa de la noche. Al otro lado podía percibir una tenue luz, que traspasaba la tela. Le pareció que sus mejillas quemaban, que su corazón estaba a punto de estallar. Pero no tenía miedo. Alzó la mano para descorrer la cortina, la detuvo suspirando para llenarse de aire. La mano ya no le obedecía cuando sus pasos se volvían diminutos, no queriendo quebrar el momento ni el lugar.

La luz de un candil iluminaba una figura encorvada. En un sillón de madera, viejo y casi roto, se mecía ante un telar, sin decir nada. Vio que el pelo, otrora brillante como el oro, era completamente gris, que los dedos encallecidos movían la lana con la que tejía, y a su alrededor todo parecía mágico. La contempló, como en el pasado, con unos ojos deseosos de un beso, de una caricia o simplemente de una palabra amable. Nunca había sido suya, nunca consiguió que le dirigiera más que una sonrisa, pero la había querido desde el momento que la vio. Las conversaciones a la luz de la luna, le habían confirmado un amor imperecedero, y la razón de su vida a pesar de haber tenido cuantas mujeres quiso. Para él era el deseo, la razón y el principio. Ella, la causante de tantos males y desgracias. Los hombres se volvieron locos ante unos ojos como aquellos, pero si hasta los dioses perdían el sentido, como iban a aguantar los mortales tanta belleza. Se quedó contemplándola, entre brumas, hasta que los ojos grises ahora, levantaron el vuelo hacia él. Al cruzarse, de su garganta sólo salió un nombre:

- Helena.

“Y los vientos como en escuadrón cerrado, se precipitaron por la puerta que les ofrece, y levantan con sus remolinos nubes de polvo. Cerraron de tropel con el mar, y lo revolvieron hasta sus más hondos abismos el Euro, el Noto y el Abrego, preñado de tempestades, arrastrando a las costas enormes oleadas. Síguese a esto el clamoreo de los hombres y el rechinar de las jarcias. De pronto las nubes roban el cielo y la luz a la vista de los Teucros; negra noche cubre el mar. Truenan los polos y resplandece el éter con frecuentes relámpagos; todo amenaza a los navegantes con una muerte segura. Afloja entonces de repente el frío los miembros de Eneas; gime, y tendiendo a los astros ambas palmas, prorrumpe en estos clamores "¡Oh, tres y cuatro veces venturosos, aquellos quienes cupo en suerte morir a la vista de sus padres bajo las altas murallas de Troya! ¡Oh, hijo de Tideo, el más fuerte del linaje de los Dánaos! ¿No me valiera más el haber sucumbido en los campos de Ilión, y entregado esta alma al golpe de tu diestra, allí donde Héctor yace traspasado por la lanza de Aquiles, donde yace también el corpulento Sarpedonte, donde arrastra el Simois bajo sus ondas tantos escudos arrebatados y tantos yelmos y tantos fuertes cuerpos de guerreros?"

Virgilio, La Eneida, Primer libro

©Charo Bolívar - julio, 2007

dilluns, 16 / juliol / 2007

EL SUEÑO DE HOMERO - SEGUNDA PARTE


Comenzó a llover, dándoles el tiempo justo para comer unas bayas silvestres, ni siquiera pudieron pescar. Se refugiaron en un pequeño templo que conservaba la estructura, aunque con algunas grietas en las juntas de las piedras. La vía fue convirtiéndose en un arroyuelo camino abajo y los dos hombres se sentaron en silencio sobre lo que quedaba de unas escaleras.

- Y todo esto ocurrió por culpa de una mujer- suspiró quedamente el hombre pensando que no era escuchado.

-¡Oh! Eso dicen, pero en realidad la historia fue otra- se pronunció el ciego mirando al vacío.

- No os entiendo.

- Ella nunca estuvo aquí.

- ¡Por todos los Dioses! ¿Qué sandez es esa?

El ciego sonrió, se arrebujó en su capa raída y jugó a dar pequeños golpes con el bastón en la piedra.

- Nos engañaron a todos, reyes, príncipes y ciudadanos fueron asesinados por una mentira. En realidad, quien llegó del brazo del príncipe Paris fue una sirvienta, más bella aún que su señora. El objeto del deseo de todos los hombres de la tierra.

- ¡Eso no es cierto! Quiera Zeus que vuestra lengua se quede muda, ya que sospecho que vuestros ojos no ven por un castigo divino.

El ciego suspiró resignado.

- Fue un castigo a mi madre el que yo naciera ciego, ella había visto más de lo que cualquier persona puede aguantar. Trabajó bajo los órdenes del rey de Esparta, y de su mujer…

- ¿Así que la conocisteis?- el tono de su voz dejó ir una cadencia ansiosa. Se arrepintió enseguida de mostrarse tan ávido.

-¡Oh! No, nací algo después. Pero mi madre deleitaba al viejo Menelao y a su esposa. Hubo quien me llamó bastardo. Yo logré huir al desastre y pensé que este era un lugar perfecto para ocultarme. Creen que mi madre se llevó el secreto a la tumba. Vivo entre estas ruinas cuando los pueblos del mar la abandonaron tras el último terremoto. Todos sabían que los dioses estaba encolerizados con los que habitaban aquí. Por eso no para de llover.

- Así que es cierto, después del asalto y el saqueo reconstruyeron la ciudad.

- Sí, y un gobierno de doce aristócratas se ocupó de gobernar. Aunque fue el peor gobierno que jamás se instauró, su único afán era enriquecerse. Asaltaban a los barcos que pretendían entrar en el Ponto Euxino, les exigían mucho más que el viejo rey Príamo.

El ciego sacó el pan duro y mordió con una boca desdentada sacando solo migajas duras. Sus encías roían como un ratón, y ciertamente su aspecto lo parecía. Con los ojos pequeños y vivarachos, una nariz puntiaguda en un marco ovalado y ratonil.

- ¿De dónde venís? Si es que se puede saber- preguntó dando pequeños mordiscos al manjar.

- De muy lejos, del lugar más lejano que pude encontrar.

- ¿De qué huíais?

- Del fuego, de la destrucción, de un amor imposible…

- Las tres cosas son peligrosas, amigo mío. Pero quizás la más delicada sea la última. ¿Estaba casada con otro hombre?

La lluvia seguía incesante trayendo a su paso una melancolía extraña, un canto de sirenas golpeando la dureza de la piedra. El hombre bajó la cabeza, como si todo aquel espectáculo le aportara reminiscencias de un pasado atroz.

- Era la mujer más bella que jamás hubo en el mundo conocido. Creaba pasiones, celos, envidias, enfrentamientos entre todos los hombres. Los dioses la habían maldecido con esa perfección que era capaz de enfrentar a hermanos, a padres contra hijos, a todos contra todos.

- ¡Oh sí! Eso decían de ella. Hasta su voz era capaz de encandilar al más necio- añadió el ciego alzando su mirada vacía. Sabía que el hombre ya no le escuchaba.

- Iluminó con los rayos de sus ojos esta ciudad, y atrajo sobre ella la maldición de los dioses.

- Es idiota aquel que se cree capaz de desafiarlos y no ser castigado. Ella se creía más bella que cualquier inmortal, y ese pecado se paga con la muerte.

- Es mucho más duro vivir y no tenerla. Amanecer pensando en ella y guiar tus pasos a través de senderos, rocas, nieves eternas pensando que ella va quedando atrás. Que nunca más volvería a adorar su rostro, ni sus rubios cabellos, ni su pecho blanco y firme…

Fue entonces que el ciego reaccionó, lanzó el trozo de pan al aguacero y se arrodilló ante el hombre con actitud de súplica.

- Mi señor, sin duda sois un gran príncipe de esta tierra que fue desterrado, y yo, simple mortal, daría estas dos manos y estas dos piernas por saber la historia de labios de quien la vivió. Os imploro, por el altísimo Zeus, que me relatéis los hechos que llevaron a la destrucción a la ciudad más hermosa que jamás existió. Os suplico que me ayudéis a entender la muerte del gran Héctor, el mayor héroe que pisó la tierra…

El hombre vaciló, se entregó a la contemplación de aquel cuerpo escuálido y suspiró, con un lamento que le salió de muy dentro del alma. Y sin saber cómo, comenzó a relatar su historia, mientras el ciego seguía y aprendía de memoria todas y cada una de sus palabras, sus gestos invisibles y la conmoción del pasado. Fue una historia larga. Se olvidaron de comer, de la lluvia y de que poco a poco el carro iba escondiéndose hacia el oeste, dejando el ambiente trémulo entre la lluvia incesante y el relato del extraño.

(continuará...)

(c) CHARO BOLÍVAR - july 2007

dilluns, 9 / juliol / 2007

EL SUEÑO DE HOMERO - PRIMERA PARTE

Era una noche de perros. Llovía como hacía años que no lo hacía. Las ramas de los árboles aguantaban a duras penas el peso del vendaval y aullaban en la noche como negras sombras sin nombre.

La figura salió del enorme agujero nocturno y se entregó a la luz de una antorcha que relucía bajo un pescante del muro. La piedra chorreaba y el hombre que se tapaba bajo una larga capa, notó que los pies se encharcaban. Se había metido en medio del gran barrizal. Se sacudió, mientras aporreaba la puerta. Esperó largo rato, y nadie contestó. Gritó para que algún vigilante le viera, sin causar ningún efecto. Comenzaba a estar empapado de arriba abajo. Se paseó a lo largo de la muralla, revisó los torreones de guardia, tocó el frío de las piedras, pero no vislumbró a nadie. Desesperado, se cobijó bajo una techumbre, al otro lado de la murallas, que protegía, quizás escondía, una pequeña puerta. La tocó y se abrió sin ningún esfuerzo. Hubo de agacharse para entrar a un túnel.

El final del corredor era tan negro como el principio, y la lluvia seguía acompañando al viajero. Salió y sobre su sombrero cayó todo el diluvio de un canal, que expulsaba el agua de la primera muralla. Se apartó a toda prisa y alzó la mirada para encontrarse con lo que menos esperaba: casas irreales, palacios ennegrecidos, grandes columnas partidas por la mitad, estatuas degolladas y dioses sin amparo. Y sobre todo el silencioso vacío, sólo roto por las gotas de agua de la lluvia.

Recorrió las calles, con paso asustado, deteniéndose ante grandes casas señoriales, sin puertas ni habitantes. Enfiló la avenida, todavía empedrada hacia la ciudadela, el gran palacio y por un momento le pareció que la noche se hizo día y aquí y allá, discurrían los hijos e hijas del gran Rey, sus esclavos y los mercaderes que acudían a aprovisionarles. Pero todo era una ilusión, puesto que no había nadie. Y no sabía que se había hecho de los grandes guerreros que batallaron con el arrojo necesario para perdurar durante años una guerra sin sentido.

Se apoyó sobre una pilastra que se abría ante la entrada al palacio, y sintió que sus piernas flaqueaban. Ya no pudo soportar más la emoción. No supo cuanto rato estuvo allí, llorando.

Amanecía y con el carro llegó un sol dispar, que moteó las nubes de tonos anaranjados. Había pasado la noche al refugio del aguacero, bajo el mismo techo que albergó tanto lujo. Aún había trozos de blanco mármol, que relucían a los rayos de Apolo.

Se alzó, desperezándose y resurgió al llamamiento de Eos, que pintaba la mañana sobre el firmamento. Tenía hambre, y allí sabía que no encontraría nada. Debía salir de nuevo fuera de las murallas, e intentar pescar algo en el río. Pero cuando se dispuso a abandonar sus sueños, una figura singular apareció ante él. Era un anciano encorvado, que se cubría con un largo manto y caminaba apoyado en un cayado de fresno. Encontraron sus ojos, y el viajero se estremeció al contemplar un azul tan profundo en una mirada que parecía no advertir nada de lo que ocurría a su alrededor.

- ¿Os habéis perdido?- gritó el hombre cubriendo sus hombros al frío amanecer.

El viejo se giró hacia la voz que le llamaba y buscó con el bastón a su alrededor asustado.

- ¿Quién hay?- preguntó alzando el cayado como si fuese un arma.

- Un viajero que también se ha perdido- escuchó al momento- Como vos.

El hombre pudo observar que aquel despojo humano no veía nada. El ciego se acercó poco a poco y toco el manto del hombre.

- Buena lana. Os cubrís como un príncipe.

- No soy ningún príncipe, si con ello pretendéis que os de una limosna. Sólo estoy de paso.

El ciego introdujo la mano bajo su túnica y sacó un trozo de pan duro.

- Es lo único que puedo compartir para el desayuno. No tengo nada más que estas ropas y mi bastón, que es el ojo que me guía. Si pretendéis atracarme, sólo encontrareis estos huesos famélicos.

El hombre sonrió de soslayo intuyendo el miedo en el viejo.

- Os lo agradezco- dijo para alejar el recelo-, pero pensaba bajar al río a pescar. ¿Queréis acompañarme?

El ciego rió entonces también.

- No sé como habéis entrado, pero las grandes puertas de la ciudad permanecen herméticas, aún hoy en día.

- Atravesé el túnel que oculta el Escamandro.

-¡Oh! Así que conocéis bien la ciudad… ¿Puedo saber vuestro nombre?

El hombre titubeó y se aclaró la garganta con una tos provocada. Miró al cielo, desde dónde se sabía observado y se puso bien la capa para salir al exterior.

- Si no nos damos prisa, no tendremos pesca. El cielo amenaza lluvia de nuevo.

- Hace años que no deja de llover- contestó el ciego bajando lo cabeza- Supongo que sabéis que esta fue la ciudad más hermosa y poderosa que nunca existió.

- Algo me han contado. Pero no sé que se hizo de sus habitantes.

- Murieron. Todos- sentenció el viejo con un tono tan nefasto como su afirmación- Nadie sobrevivió al saqueo, al incendio y al pillaje. Las mujeres eran violadas en lugares sagrados, mientras sus maridos e hijos eran pasados a cuchillo por aquellos salvajes que vinieron del mar. No hubo piedad, ni siquiera con los reyes y príncipes.

- ¿Estáis seguro de que nadie salió vivo?

- Estaba seguro…

Un incómodo silencio hizo lugar entre los dos. Aunque el ciego, intentaba vislumbrar con todos sus sentidos a quien tenía ante él. Por su voz, no era un niño ni siquiera un efebo. Sus ropas tenían un tacto noble y su lenguaje no era el rudo sonido de los pastores de ovejas del monte Ida. Quizás tuviese las sienes plateadas, quizás fuese un pentarca de alguna gran ciudad, de paso por allí.

- Creo que tenéis un imaginación desbordante- aseveró el hombre comenzando a andar.

El ciego le siguió como un perro fiel sigue a su amo.


(continuará...)


(c)CHARO BOLIVAR - july 2007